A lo largo de los años he vivido en más de diez casas diferentes; cada mudanza representó un momento especial en mi vida: un hogar mejor, un nuevo trabajo o un cambio de vida importante. Lo único constante fue la sensación de estar en casa. No importaba si las paredes estaban sucias y necesitaban una mano de pintura, si había alfombras que debían arrancarse para luego lucir unos hermosos pisos teñidos, o si la casa que estábamos rentando estaba infestada de ratones que nos harían salir corriendo de ahi de inmediato. Cada hogar fue un capítulo especial que se sumaba a los anteriores; era la vida ofreciendo nuevas experiencias, perspectivas, aventuras y formas de vivir. En aquel entonces no lo veía así, hasta que un día me encontré sin hogar, o sin lo que yo consideraba que era un hogar. En el último año y medio me mudé cuatro veces. El proceso fue bastante doloroso, pero, una vez más, las experiencias vividas durante esos meses nunca habrían formado parte de mi historia de no haber recorrido ese camino. Mientras estoy aquí sentada, tras haber sido despertada pasada la medianoche por un mensaje de felicitación de cumpleaños, lo único que pienso es que el hogar está donde está el corazón. Siempre he estado en casa. El hogar, más que cuatro paredes, es el lugar donde te sientes seguro, aceptado y amado. El hogar es un refugio seguro aquí en la tierra.
